La cafeína de mi primer café apenas corre por mis venas y ya estoy pensando en hacerme el segundo. Son las seis de la mañana y me quiero morir. He tenido una semana complicada en el trabajo. Haciendo una cuenta rápida —los números son lo mío, soy economista— le habré echado unas 55-60 horas. El mayor sinsentido es que hoy es sábado. ¿Por qué me he levantado tan pronto? Es una pregunta sencilla con una respuesta que lo es aún más: me levanto todos los fines de semana a las seis de la mañana para escribir. Llevo haciéndolo siete años. Día tras día.

De esta locura han nacido cinco novelas. La primera no es buena. Es una realidad. Pero es el punto de inflexión que hace posible todo lo demás. Le siguen la segunda y la tercera, con ellas el nivel aumenta. A caminar se aprende caminando. A escribir también. Estas tres novelas no son tiempo perdido, son el caldo de cultivo de la cuarta: El Rey de Jersey.

Portada de El Rey de Jersey por Jorge Fontana

Una novela negra ambientada en Jersey y Nueva York. La acción se desarrolla en 2024, cinco años después de una brutal crisis que ha golpeado con mucha fuerza. Las calles se llenan de miseria. La miseria engendra violencia y corrupción. Lo correcto y lo incorrecto dejan de ser algo nítido y fácil de identificar. Y en este contexto emerge la figura de Johnny Jumper, un policía de Nueva York que se ve inmerso en una operación de narcotráfico donde una tonelada de cocaína acaba en manos equivocadas; y en el asesinato de una joven de clase alta en Central Park, que las autoridades quieren que se resuelva rápidamente.

Un amigo mío me dijo después de leerlo que no sabía si Johnny era bueno o malo. No lo sé. En mi opinión es un tipo que simplemente es, sin más. Para mí, Johnny es un tío duro que se ha adaptado muy bien a este ambiente hostil. Y que actúa según sus principios, que no necesariamente son los del lector.

Cuando escribí esta novela tenía muy claro dónde quería empezar y dónde acabar. Son dos imágenes potentes en tu cabeza. Solo falta verbalizarlas y escribir miles de palabras entre ellas. Me ayudo siempre de un pequeño Excel —defecto profesional— en el que anoto ideas a desarrollar. Es un guión muy comprimido de la trama. Me gusta leerlo una vez terminada la novela. Es sorprendente ver cómo la propia historia se acaba escribiendo sola, muchas veces en contra de uno mismo. Hay situaciones que querías escribir, personajes que pensabas eliminar, que se salvan de una muerte prevista. Es simplemente genial. Es una de las razones por las que me encanta escribir.

Tras nueve meses de gestación te encuentras con una novela terminada. Pero, ¿y ahora qué? De novela escrita a novela publicada hay un trecho en ocasiones infinito. Yo tuve mucha suerte. Distrito 93 se cruzó en mi camino en forma de concurso literario, con el certamen de novela negra Auguste Dupin. Lo ví un día de casualidad. Acababa de terminar mi quinta novela: una infantil —sí, los que escribimos novela negra en ocasiones tenemos hijos—, y justo después lo encontré. Quedaba una semana para enviar los manuscritos, y eso hice.

El día que te dicen que están interesados en publicar la novela tu sueño se cumple, pero también te das de bruces contra una incómoda realidad, nadie conoce tu afición por escribir, salvo la familia y los amigos cercanos. Así que escribes emails y whatsapps y lo cuentas. He de reconocer que esta salida del armario literario ha sido muy satisfactoria. La gente lo ha valorado y apreciado mucho.

Cuando escribes, tu objetivo es publicar. Cuando publicas, tu objetivo es vender. Pronto te despiertas del breve sueño en el que crees que vas a vender libros por miles. En 2017 se editaron en España 89.962 libros: más libros que asientos tiene el Santiago Bernabéu… ¿Por qué van a comprar el tuyo? Muy sencillo, de primeras porque te conocen. Te compra tu familia, tus amigos, algunos compañeros de trabajo… tu red de conocidos. Pero, ¿y después? Después pasa un pequeño milagro. Uno de esos conocidos, al que le gustó tu novela, se lo dice a otra persona, y te llega su crítica en forma de tres palabras que te hacen volar: «le ha encantado». A partir de ahí las cosas empiezan a cambiar. El boca a boca surge efecto, es un goteo mínimo, pero partido a partido, libro a libro.

Las redes sociales te dan visibilidad, pero seamos realistas, tu «notición» es un grano más en un mar de arena en el que las publicaciones se pasan con el dedo en tres segundos. Los actos públicos son, en mi opinión, más importantes. Menos gente pero con un público objetivo. La presentación, sobre todo la primera, es además tu bautizo como escritor.
Han pasado cuatro meses desde el pistoletazo de salida. A la espalda hay mucho trabajo, pero sin duda alguna merece la pena. Volvería a hacerlo con los ojos cerrados. En el horizonte se vislumbran oportunidades inimaginables tiempo atrás, como, quizá, el festival Valencia Negra 2020, y quién sabe cuántas experiencias más.
Mientras tanto yo sigo con mi antaño secreta afición. Me sigo levantando a las seis de la mañana con las mismas ganas. Me hago un café y enciendo el ordenador. Me pongo los cascos y empiezo a escuchar música. Me sumerjo en ella y dejo que mis dedos empiecen a teclear.
Bendita locura.

Jorge Fontana, autor de El Rey de Jersey