Cara y Cruz no era más que un reto personal.

Es una historia que nace cuando tenía dieciséis años, fruto de la frustración que me producían algunos libros policíacos y series varias. En algunas ocasiones estas historias tienen asesinos poco profundos que uno adivina con gran facilidad y, en otras, el asesino es un personaje que ni siquiera han presentado al lector, lo que me parece hacer trampa en el juego. Por este motivo decidí escribir una historia donde el asesino fuera profundo y estuviera presente desde el primer instante sin intentar jugar sucio con la mente de los que la leyeran.

Para un libro dotado con un asesino tan profundo tenía que haber muchos personajes igual de complicados que él, tal vez por ese motivo hay tantas historias paralelas en la misma novela. Debido al asesinato de esa familia tan reconocida y admirada el resto de la gente comienza a caer con ellos, como si se hubiera evaporado la careta que llevaba cada uno de los personajes.

Fueron horas de romperme la cabeza y pensar en qué podía pasarle a cada una de mis creaciones, horas que ahora me parecen una gran inversión.

Además, tenía otro cometido, no quería que nada de lo que pudiera suceder en cualquiera de las historias fuese sencillo de adivinar. Quería un reto como aficionada a la escritura y yo misma me puse todas las trabas posibles para dificultarme llegar al objetivo. Habitualmente, me aburro de las novelas que comienzo dejándolas totalmente abandonadas después de haber trabajado en ellas durante unas semanas. En esta ocasión, la historia y el motivo consiguieron mantenerme con ellas hasta que logré terminarla un tiempo después, era la primera vez que lograba terminar una novela.

Adriana Quesada Ogando, autora de Cara y Cruz